Dentro de las principales medidas a considerar para el tratamiento de la obesidad están los cambios en el estilo de vida. Los más importantes son la puesta en práctica de una alimentación saludable y de una actividad física regular.
Durante muchos años se han utilizado para el tratamiento de la obesidad dietas muy bajas en calorías (VLCD) o bajas en calorías (LCD).
También solía clasificarse a los alimentos en “permitidos” y “prohibidos”, y se imponían restricciones difíciles de cumplir, lo que llevaba a cometer “transgresiones”. La dificultad de cumplir con estas pautas tan estrictas genera en la persona obesa incertidumbre y falta de confianza en sus posibilidades de logros, aumenta su ansiedad, generando también sensación de fracaso, depresión, estrés, etc.
Todo este cuadro altera la relación normal que debe existir entre las sensaciones de hambre y saciedad, por lo que este mecanismo requerirá de un reentrenamiento para poder desempeñarse convenientemente.
En la actualidad se considera razonable para el tratamiento de la obesidad un plan alimentario que tenga entre 500 a 1000 calorías menos de las que ingiere habitualmente la persona.
La dieta deberá fraccionarse en un mínimo de 4 comidas diarias, con el agregado de colaciones intermedias en caso de necesidad y según cada caso en particular. De cualquier manera, también es recomendable no utilizar muchas colaciones para evitar que el paciente esté permanente en contacto con los alimentos.
Excepto en el caso de productos que resulten altamente adictivos, deberán evitarse las proscripciones concretas de alimentos, puesto que refuerza el deseo de los mismos en los momentos de depresión, tensión o estrés, transformando al obeso en un individuo más vulnerable a esos productos. En el caso de los alimentos que provocan adicción, disponibles en todo lugar, y que suelen resultar muy difíciles de controlar (galletitas, dulces, etc.), quizás sea recomendable eliminárselos radicalmente al principio, para que se pierda inicialmente el contacto con ellos y se los pueda controlar mejor. Si el paciente se acostumbra a utilizarlos moderadamente, con el tiempo quizás pueda reintroducírselos en la dieta en forma racional, teniendo especial cuidado en no asociar su consumo con situaciones de ansiedad, estrés o depresión.
Con este tipo de dietas puede llegar a obtenerse una pérdida de peso de aproximadamente 0,5 a 1 kg por semana, llegando a los 6 meses a cumplir con una pérdida del 10 % del peso, tal como lo sugieren las recomendaciones internacionales.
Las dietas de bajo valor calórico (LCD) son probablemente las más utilizadas para el tratamiento de la obesidad, en especial aquellas que rondan las 1200 calorías diarias. Por su rango energético admiten un equilibrio apropiado entre los distintos nutrientes.
Permiten un buen descenso de peso al comienzo, aunque en el largo plazo se suele recuperar gran parte si no se trabaja sobre cambios en los hábitos alimentarios, y si no se añade un gasto energético diario adicional mediante una actividad física en forma definitiva.
Las dietas de muy bajo valor calórico (VLCD) suelen actualmente estar restringidas a situaciones puntuales, como el caso del tratamiento de obesos mórbidos graves con muchos factores de riesgo cardiovascular, o como paso previo a una cirugía bariátrica. Su uso debería estar restringido a no más de 16 semanas, bajo estricta vigilancia médica. En el largo plazo (un año), su efectividad resulta equivalente a la que otorgan las dietas hipocalóricas tradicionales.
Otra indicación sería la de su utilización en forma esporádica, como paso técnico frente a períodos de mesetas ponderales, dentro de un tratamiento dietoterápico bajo en calorías. En esos casos, suelen aplicarse uno o dos días por semana (no consecutivos), o hasta que se consiga quebrar la meseta.
Aportan un rango calórico que oscila entre las 400 a 800 calorías diarias.
Suelen prescribirse mediante preparaciones comerciales, generalmente presentadas en forma de polvos para diluir y preparar batidos o suspensiones que aportan ese valor calórico. Están suplementadas con vitaminas y minerales que completan el aporte diario recomendable.
Estos batidos utilizados en las VLCD también suelen emplearse como sustitución de alguna de las comidas en planes de mantenimiento a largo plazo luego del adelgazamiento con dietas convencionales. También pueden indicarse a partir de alimentos y bebidas naturales. Su empleo queda restringido al criterio del profesional tratante.
Con respecto a las dietas atípicas o disarmónicas, su utilización no es una práctica nueva. Desde hace muchos años, estos planes de alimentación o modelos de dietas con bajo valor calórico y proporciones atípicas de los distintos macronutrientes, han proliferado en distintas versiones y modalidades, con la finalidad de perder peso y evitar su recuperación. Si bien la mayoría de ellas logra un interesante descenso de peso inicial, ninguna de estas dietas ha dado resultados positivos en el largo plazo debido a que los obesos pierden adherencia a toda dieta que mantenga constantemente las mismas recomendaciones. Por otra parte, muchas de ellas pueden perturbar peligrosamente el metabolismo. Entre las más conocidas y publicitadas actualmente se destacan dos: las dietas cetogénicas y las hiperproteicas.
Las dietas cetogénicas resultan eficientes para perder peso rápidamente, lo que ocurre principalmente por deshidratación. La cetosis que provocan obliga al organismo a desprenderse de los cuerpos cetónicos a través de una intensa diuresis forzada, lo que trae aparejada una abundante pérdida de agua y sodio, con la posibilidad de síntomas clínicos adversos y peligrosos. Contienen un porcentaje de grasa del 40 % del VCT o más, a partir de una disminución considerable de la cuota de hidratos de carbono (30 % del valor calórico totatl). Como también poseen un cierto exceso proteico, actúan produciendo un indudable efecto sacietógeno. Su principal peligro está en la posible deshidratación y descompensación del paciente. Si bien sus resultados son impactantes en el corto plazo, al cabo de un año su efectividad es parecida a la que brindan las dietas hipograsas.
Las dietas hiperproteicas son dietas hipocalóricas basadas esencialmente en un aporte proteico que supera el 30 % del VCT, lo que les confiere un intenso efecto sacietógeno. No se las recomienda sino bajo estricto control clínico, ya que originan una intensa pérdida de calcio urinario. Por otra parte, obligan al riñón a eliminar el exceso de urea producido por el catabolismo de las proteínas que no se hayan usado en función plástica, aumentando la diuresis y la deshidratación.